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lunes, 23 de marzo de 2015

LEYENDAS COLONIALES (PARTE 3)

Pasaron varias horas allí agazapados bajo la suave brisa del océano. Elisabeth pronto se fue. Sonriente y bella. Sus largos mechos revoloteaban por la almohada, vibrando levemente por el aire fresco que cruzaba la ventana. Los aullidos de Juan Ramón sonaban ahogados. Miraba a su bebé que aún dormitaba sobre el pecho de su madre. Apenas se notaba el movimiento de la respiración en su pequeño cuerpecito. Pasó la noche en vela observándolo, sin querer moverse ni tocarlos. Mantenía la esperanza de despertar y ver que todo seguía igual que unas horas antes. Le era imposible imaginar que la vida se le hubiese roto en mil pedazos en un solo instante. 

Volvió a salir el sol brillante y abrasador de La Habana. Muchos los familiares y amigos se acercaron para dar a Elisabeth el último adiós. Tomó al bebé en sus manos para que pudieran asearla y prepararla para el sepelio. Fueron pocas las horas que distaron desde que murió su esposa hasta que su hijo también se fue. Su corazón dejó de latir. Sin más. Era tan pequeño que le era difícil imaginar la belleza del milagro de la vida. Una vida que apenas duró más de diez horas. Y lloró. Lloró como nunca antes lo había hecho. 

Como era tradición, enterraron a la mujer y a su bebé juntos en la misma tumba. Se solía colocar el cuerpo de la madre en la caja y el cuerpo del pequeño a sus pies, para facilitar la identificación de los huesos en el momento de la exhumación.  

Fueron días y noches muy duros. Juan Ramón no podía creer que todo hubiese acabado de aquella manera. No entendía qué habían hecho para recibir tal castigo. Cada día paseaba hasta su tumba con un ramo de flores frescas. Jamás creyó que su mujer hubiera fallecido. Puso un llamador sobre el mármol para despertarla y poder conversar con ella, al menos, unos instantes más. Tocaba tres veces, sigiloso, impaciente, y hablaba. Hablaba sobre todo y él sentía sus respuestas. Nadie se atrevía a llevarle la contraria, para él aquello era un consuelo. Pasaron los años, y la vida quiso llevarse a Juan Ramón con su amada, allá donde estuviera. Dijeron que se fue por pena, pero la verdad es que se fue para volver a abrazarla una vez más. Sentía que su felicidad estaría con ella para siempre. 

Los familiares decidieron entonces exhumar el cadáver de Elisabeth para que los amados pudieran descansar juntos, y junto a su bebé. Muchos se acercaron hasta el gran cementerio de La Habana para ser testigos de aquella unión eterna, por ello hubo muchos testigos de lo que sucedió después, un hecho que convertiría a la bella Elisabeth en leyenda para siempre. Los huesos del pequeño bebé reposaban ahora sobre el pecho de su madre y no a los pies como habían sido enterrados. Se escuchó un suspiro profundo de todos los allí presentes, pero nadie dijo nada. Apenas se sabía qué se podría comentar en aquel momento. Se trataba, sin duda, de un milagro. Elisabeth no quiso renunciar a abrazar a su pequeño bebé y dormir junto a él eternamente. Enterraron a los dos amados enlazados sin separarlos, y mantuvieron el mármol gris con el llamador que con tanto amor había preparado Juan Ramón, para hablar con su esposa. 

El milagro pronto se extendió entre las calles y gentes de La Habana. Un día, una joven habanera se acercó hasta aquella tumba llorosa. Había oído tanto hablar sobre la bella Elisabeth que creía que la conocía desde siempre. Llamó tres veces a su tumba, despacio y con la mano temblorosa. Necesitaba ayuda, a la desesperada, y no dudó en acercarse hasta allí. Tan solo tenía una súplica: ser madre. Le prometió, si la ayudaba a concebir, una placa de agradecimiento y flores frescas cada semana. Volvió cada mes que le llegaba el periodo; llorando desesperada, agarrándose a la única esperanza que le quedaba. Hasta que, al fin, un día, la buena noticia se hizo real. Estaba estado. Apenas contó la noticia a su esposo y a toda su familia, corrió con un gran ramo de flores y una placa agradeciéndoselo a Elisabeth. Siguió yendo cada semana con su ramo de flores, como le había prometido. Y de repente, un día, descubrió que no solo su placa adornaba la tumba de Elisabeth, ni tampoco eran las suyas las únicas flores frescas que coloreaban aquella tumba sobre las demás. Había otra placa y había otro ramo. Y así, con el tiempo, se fue llenando de placas y de ramos de todas aquellas mujeres que, como ella, había conseguido que el milagro de la vida creciera en su seno. La llamaron, desde entonces, La Milagrosa. 

amacrema

lunes, 16 de marzo de 2015

LEYENDAS COLONIALES (PARTE 2)

Los Rona se ocuparon de que las ceremonias de sus hijas se celebrasen por todo lo alto. Aquel día fue recordado por todos los vecinos durante mucho tiempo. Se sentía la dicha de la familia por cada rincón de la decoración, en cada bocado del cáterin y en cada canción que tocaba la banda cubana. Los ojos de Elisabeth brillaban como dos destellos brillantes. No podía ser más feliz.


El señor Rona nunca quiso permitir que ninguna de sus hijas tuviera que malvivir ni pasar penurias. Por eso les ofreció, a las dos por igual, dos viviendas dignas de las señoritas Rona. Las casas estaban separadas por un pequeño jardín botánico para el que mandaron traer las más bellas plantas de todo el mundo. La mezcla de olores hacía que los alrededores tuvieran un aroma peculiar y característico.

A las pocas semanas, Gabrielle anunció que estaba en estado. Aquella noticia lleno de felicidad, aún más si cabía, a toda la familia. Elisabeth se alegró muchísimo por su hermana, a la que adoraba. Ella también andaba buscando aumentar la familia, pero parecía que aún no había llegado el momento. Elisabeth no pudo reprimir las lágrimas cuando nueve meses después sujetaba con dulzura a su sobrino entre sus brazos. Comenzaba a sentir una rabia que no quería sentir. Empezaba a preguntarse cuál sería el problema por el que ella no podía ser madre. Cada mes se le hacía más complicado mantenerse altiva. Juan Ramón la animaba continuamente asegurándole que pronto les llegaría el momento.

Pasaron los meses y pasaron los años. Gabrielle volvió a anunciar la llegada de un nuevo Rona a la familia. Aquella noticia no fue tomada con tanta celebración como la primera. Todos sabían que para Elisabeth la idea de ser madre estaba empezando a ser un trance amargo. Elisabeth no dijo nada, tan solo sonrió y besó a su hermana antes de retirarse de la cena familiar. Temía que la vida estuviera castigándola por no haber hecho bien las cosas. El paso del tiempo empezaba a debilitar su matrimonio. Sopesaba con Juan Ramón la posibilidad de que su cabezonería por estar juntos hubiera propiciado todo aquello. Las duras palabras de Elisabeth lo herían en lo más profundo de su alma, pues él la amaba cada día más y por encima de todas las cosas, y sentía que su vida se apagaba con cada llanto de su esposa. Tampoco entendía por qué Dios los castigaba con aquel silencio. Sin embargo, estar juntos debería serles suficiente para sentir la felicidad plena. 


Meses después de que Gabrielle diera a luz a su tercer hijo, Elisabeth recibió la buena noticia. Al fin se había quedado embarazada. Desde entonces todo cambió en ella. Y también en él. Ambos recuperaron la llama de amor que estaban dejando que progresivamente se apagara y disfrutaron, aunque con temor, de la llegada de su primer hijo. Gabrielle y Elisabeth recuperaron una relación que se había ido distanciando. Elisabeth la evitaba y Gabrielle no quería acercarse a ella por temor a propiciarle unos celos que no pretendía. Pero desde entonces, Gabrielle aprovechó para ser la más fiel consejera de su hermana. Elisabeth volvió a recuperar la cercanía con sus maravillosos sobrinos. Eran tres hombrecitos fuertes y sanos. Cada día los veía más guapos y maravillosos. Para Elisabeth la vida había vuelto a coger ese aroma a jardín botánico con el que ya vinculaba la felicidad y la dicha.

Unos fuertes dolores alertaron a todos. Elisabeth se había puesto de parto demasiado pronto. Juan Ramón corrió en busca de un doctor mientras Gabrielle se quedó junto a su hermana ofreciéndole palabras de alivio. Era evidente que algo no iba bien. Los gritos de Elisabeth retumbaban en todo el Océano Atlántico y las gaviotas levantaban el vuelo espantadas. Gabrielle veía extraño aquel dolor tan insoportable. Conocía perfectamente los horrores de un parto, pero los dolores que reflejaba su hermana eran aún más intensos. No podía reprimir las lágrimas al verla así. Apenas le quedaban más palabras de consuelo. Elisabeth perdió el conocimiento antes de que llegara el doctor.

Las horas se hicieron eternas y el calor era insoportable. Elisabeth parecía que había sido barnizada por todas partes. Regresaba en sí a duras penas y volvía a desvanecerse. No conseguía empujar a pesar de que era lo que tenía que hacer. El niño luchaba por salir desde sus entrañas; el pequeño ponía todo de su parte para conseguirlo. La sangre corría como una cascada hasta el suelo. Gabrielle no daba abasto con los paños limpios. Aquello parecía una macabra sangría. Juan Ramón permanecía hipnotizado junto a su esposa. No decía nada, no parpadeaba y su corazón apenas latía. Su tez blanca lo acaba por convertir en una estatua de piedra. Tomaba la mano de su esposa con fuerza. Pero ella no tenía fuerzas para responderle el consuelo. Su piel estaba fría como el mármol. El doctor tuvo que valerse de sus propias manos para sacarle al bebé. Para ello la desgajó más y más y sus gritos ahogados se veían interrumpidos por nuevos desvanecimientos. El dolor le hacía perder la conciencia. Gabrielle y Juan Ramón se miraban espantados. No podían soportar verla en aquel estado. Aquello parecía una horrible pesadilla de la que deseaban despertar.

Elisabeth volvió en sí  con el débil llanto de su bebé. Era muy pequeño. Tan diminuto que daba miedo tocarlo por si le hacían daño. Elisabeth lo tomó entre sus manos y se lo apoyó en el pecho. Sentía como su entrecortada respiración se cruzaba con la de su pequeño. Juan Ramón se acurrucó junto a ellos. Notaba cómo la piel de su esposa desprendía halos de frío. No podía reprimir las lágrimas. Gabrielle se acercó a ellos para besar con dulzura a su hermana y al niño. Después se fue bañada en lágrimas. 

Continuará...

amacrema

lunes, 9 de marzo de 2015

LEYENDAS COLONIALES (PARTE 1)

Cuenta la leyenda que si dos hermanos 
deciden casarse el mismo día una de las parejas
 se llevará la plena felicidad condenando
 a la otra a la infelicidad para siempre. 

Las hermanas Rona, Elisabeth y Gabrielle, vivían en una de las más majestuosas avenidas de la gran Habana colonial del siglo XIX. Su padre era un emigrado español que se había marchado muy joven en busca del dorado americano. Varios años dando vueltas y tumbos por los diferentes países amerindios le había arrastrado hacia el amor de Isabel, una bella mujer de tez morena, hija de un gran capitán cubano. Pronto se casaron y, gracias al duro trabajo y al esfuerzo, consiguieron hacer fortuna en poco tiempo. Compraron una vieja casa cerca del Malecón y la arreglaron con los materiales más lujosos. La casa de la familia Rona era la más especial de la zona porque unieron las dos culturas de un modo celestial. La gran mansión tenía el recuerdo de una España muy lejana y el sabor y el calor cubano que tanto frescor daba. 

Un día, Elisabeth, la menor, salió a caminar sola por la gran avenida. Su padre no veía bien que sus dos señoritas anduvieran solas por ahí, sin embargo, para Elisabeth era fundamental sentirse libre, al menos, por un rato. Se sentó en un banco frente a la maravillosa catedral. Era fascinante escuchar a la gente cantar, bailar y reír a todas horas. Aquella plaza era el culto a la felicidad. Observaba embobada, ensimismada en sí misma, cuando un muchacho se cruzó en su mirada. Él ya llevaba varios minutos observándola, admirando esa frescura bella que radiaba su tez blanca. Su cabello semirrecogido soltaba mechones caprichosos que jugaban airosos alrededor de su cara, como si desearan volar libres. Elisabeth lo miró detenidamente y le sonrió. Sintió que con esa sonrisa se ruborizaron sus mejillas y por eso desvió su mirada hacia el suelo, deseando que, cuando regresara la vista al frente, él ya no estuviera allí. Sin embargo, la valentía de aquel joven apuesto le llevó hasta ella, pidiéndole con educación permiso para sentarse a su lado. Elisabeth quedó perturbada. Jamás había tenido junto a ella, tan cerca, a un hombre que no fuera su padre. El muchacho se presentó tomándole la mano y dirigiéndola dulcemente hasta sus labios. Ella le devolvió el saludo y se levantó deprisa. Debía marcharse a casa.
Inconscientemente, Elisabeth repitió aquella salida inocente durante cada día del resto del verano. Hacía calor y la temperatura aplastante sofocaba a todos los que vivían en su casa. La hora de la siesta era la más adecuada, porque todos descansaban en sus habitaciones intentando respirar con el aire fresco que emitía la corriente entre ventanas. Los jóvenes se enamoraron. Pasaban horas deliciosas paseando por el Malecón y perdiéndose entre el empedrado de las calles. 


Cuando el sofocante calor se iba alejando el padre de Elisabeth llegó con una gran noticia. Había encontrado a un buen hombre para casarse con su hija. La joven se echó a llorar y gritó que no quería que la casaran con nadie. Sin darse cuenta, entre gritos de impotencia, reveló su gran secreto a todos los que estaban allí. Pensaron que la habían exorcizado. No había forma de calmarla y de tranquilizarla. Era imposible hacerla callar. Cuando se calmó, pudo escuchar que aquel hombre no era para ella, sino para su hermana Gabrielle. De todos modos ya era demasiado tarde porque lo había revelado todo. Aquella confesión le sirvió de desahogo porque la relación se estaba haciendo tan intensa que necesitaba compartirlo con quienes más querían. Sin embargo, sus padres no vieron aquella relación con buenos ojos. No sabían nada de él y lo poco que sabían era que se trataba de un pobre muchacho sin posibilidades. 


Le prohibieron volverlo a ver y la encerraron en su estancia para que no saliera de casa. Elisabeth lloró como nadie lo había hecho en toda aquella zona tan esplendorosa de La Habana. Sus gemidos de tristeza se podían escuchar en toda la ciudad. No había nadie que no cruzara por aquella casa y no se percatara del horror que vivía aquella joven. Sin embargo, sus padres optaron por ignorarla y, mientras, prepararon con orgullo e ilusión la boda de su otra hija. Pensaron que con el tiempo se cansaría y acabaría por entender que solo querían lo mejor para ella. 


Elisabeth aprendió a escaparse de madrugada. El aplastante calor de La Habana obligaba a mantener todas las ventanas abiertas para propiciar esa agradable corriente que provocaba el aire que entraba y salía, cruzando los largos corredores de la casa. Parecía que se divertía con aquel juego infantil yendo de allá para acá sin descanso. La joven aprovechaba la noche para deslizarse desde el aseo hasta el porche. Allí su amado la esperaba cada noche para poder disfrutar durante pocos minutos de abrazos y caricias llenas de ternura. Pero aquellos encuentros tan solo sirvieron para hacerle mucho más daño y Elisabeth empezó a enfermar de pena. Dejó de dormir, dejó de comer y sus días se relegaron a permanecer postrada en el viejo sillón de su alcoba. Miraba a través de la ventana buscando una revelación divina en las formas azarosas de las nubes blancas. 


Sus padres se asustaron de ver a su hija en semejante estado. Ella misma se estaba dejando enfermar y temieron incluso por su vida. El señor Rona, convencido por su mujer, fue en busca del hombre que había robado el corazón de su hija. Necesitaba conocerlo y saber de él. Descubrió que Juan Ramón era un hombre valiente y fuerte. Se ganaba la vida como tabernero en una de las bodeguillas más famosas del centro de La Habana. Vivía con su madre, una mujer ya mayor que había trabajado mucho para sacar a su hijo adelante. Apenas tenían la comida de cada día y una buena casa donde vivir. El señor Rona vio que era un buen hombre y eso debía bastarle para dejar que su hija marchara con él. Junto a su esposa decidieron que sería lo mejor para su hija. En los últimos días había empeorado mucho y si no dejaba atrás aquella situación la pena la llevaría hasta la muerte. Fue entonces cuando aprobaron que Elisabeth se casara con su amado. 


Apenas quedaban un par de meses para la boda de Gabrielle y decidieron que sería una buena idea celebrar la ceremonia de las dos hermanas el mismo día. Y así lo hicieron. Elisabeth se levantó de la cama y recuperó la belleza y fortaleza que había tenido siempre. Ya nadie impediría que pasara con Juan Ramón el resto de su vida.

CONTINUARÁ...

amacrema